Pequeñas anécdotas

Irene Marcet

Ciudad de Buenos Aires

El día de mi cirugía, hace 10 años, bajaba en el ascensor con mi marido que me llevaba a la clínica y me dijo "Ni se te ocurra morirte, porque al día siguiente me caso de nuevo". Su humor sin filtro me hizo reír e internamente sentí más fuerzas para que todo saliera bien. 

Durante la quimio, ya pelada, un día de enero moría de calor. La peluca hacía que transpirara mucho y me cayeran gotas por la frente. Mis hijas me pidieron que me sacara la peluca para sentirme más fresca. Como estábamos con Tomás, hasta ese momento mi único nieto, yo no quería que se asustara al verme sin pelo. Mis hijas buscaron diferentes sombreros y nos los pusimos, inclusive mi nietito, de 2 años. Así disimulábamos que yo estaba pelada. Nos re divertimos. Apoyé mi peluca con cuidado sobre mi cartera, bien alejada. Al rato, Tomás pasó cerca, la tocó y con total tranquilidad dijo "el pelo de la abuela". Como si fuera normal que el pelo estuviera tanto en mi cabeza como arriba de la cartera.  Yo me  preocupaba tanto y él me dio una buena lección.   

Cuando Tomás tenía 7 años decidió que quería ser inventor y dibujaba sus ideas en un cuaderno. Desde máquinas para cocinar hasta aparatos muy divertidos y extraños.  Cuando me operaron, me hicieron vaciamiento axilar de mi brazo derecho, por lo que tenía que cuidarlo mucho para evitar un linfedema. Mi hija Victoria les explicó a mis nietos, que no tenían que tironearme de ese brazo. A raíz de ese pedido, Tomás me preguntó por qué me habían sacado los ganglios y quiso saber si  estaban enfermos. Yo le expliqué que estaban sanos, pero que no había forma de saber eso antes de sacarlos. Entonces, muy resuelto, me dijo que su próximo invento sería un aparato para saber si los ganglios están sanos o no, pero sin sacarlos.

Tomé mi enfermedad con mucha seriedad para tratarme pero con todo el humor que pude para sobrellevar los efectos adversos. Siempre dije que ahorraba en shampú y acondicionador, pero que gastaba demasiada crema para la cara porque no sabía donde terminaba.

En este segundo capítulo de mi enfermedad, a 10 años del primero y ya con 7 nietos, me encontré muy cuidada y mimada por ellos. La peluca les intrigaba mucho y un día Agustín me preguntó "Abue, ¿cómo hacen los piojos?" 

Los dos mayores me propusieron que me sacara una foto por mes para ver cómo va creciéndome el pelo y después hacer alguna obra con las fotos. Ellos fijaron el día 27, fecha de la última quimio. Y cada mes, el 27, me recuerdan que tengo que fotografiarme.

Hace muy pocas semanas mis 2 nietos mayores, Tomás y Agustín, se quedaron a dormir en mi casa. Como preguntan todo y están bien informados, saben que duermo sin la peluca. Después de leer un cuento, cuando les di el beso de buenas noches, Tomás me dijo: "Abue, si a la noche venís a ver si dormimos bien, por favor, ponete la peluca".   Pobre angelito, tendría miedo de asustarse...