En el camino sé cual es la meta, lo demás es todo camino

Joanna Paola Osorio

Cipolletti, Pcia. de Río Negro

Es difícil cuando alguien que sabe lo que te pasa te dice, "vivís con un monstruo dentro tuyo".

Al entrar al consultorio, deseaba que me dijeran que se habían equivocado o que los resultados no eran míos, no le deseaba eso a nadie más, pero no quería que fueran míos. Hasta que lo escuché. Cáncer de mama triple negativo. "¿Qué es eso doctor?" "En este momento no importa. Lo que importa es que los médicos vamos a hacer un 50% el otro 50% lo tenés que poner vos."

Yo me preguntaba, ¿cómo hacer ese otro 50%? Para mí era mucho, era mi vida, mi marido, mis hijos, mis viejos. Me acerqué a mi papá, mi vida, quien me enseñó a ser como un Fénix, quien me enseñó que significa la resiliencia.  Fue difícil, ya estaba grande y no me animaba a tener que darle esa noticia.

Empecé con las quimios, dosis densas, se me cayó el pelo enseguida y siempre pensando en mi viejo. En la tercera quimio, mientras estaba ahí enchufada a "La terrorífica roja", ingresaron a robarle a mi papá, lo quisieron ahorcar y lo internaron en terapia intensiva. Fue mi primer golpe...mi viejo, mi vida, mi todo. ¿Cómo seguir si ya le había pedido a Dios por mí y ahora tener que pedirle a Dios por papá? Fue difícil, porque no podía ir a verlo a la clínica, mis defensas estaban muy bajas y no me podía exponer. 

Le dieron el alta y pasó el día del padre conmigo, la quimio me había dejado sin poder probar la comida, todo me caía mal, pero ahí estuve. Al domingo siguiente, así, con ese dolor en el cuerpo, me levanté a darle la medicación y lo encontré dormido en su cama. Se había ido papá.  Fue todo de golpe, no sabía qué dolía más, si mis venas, atacadas todas las semanas por la quimio, el cuerpo con los efectos que parecían que me tiraban al piso, o el dolor de ver a papá ya sin vida.

El tiempo pasó y fui retomando todo, mis defensas estaban muy bajas, llegué a la última quimio y no me la hicieron. Mis defensas eran casi inexistentes.

Necesitaba tiempo, me dolía todo, así que comencé a caminar. Tomé una calle muy larga y decidí ir hasta donde viera el fin de esa calle. Pensaba, mi cabeza daba vueltas entre las consultas con el oncólogo, las visitas al mastólogo, papá ya no estaba ahí y mi pregunta era, ¿en quién me aferró?

Caminé mucho y me tocó pasar por varias calles. En las de asfalto era más fácil, en las de tierra, las piedras eran difíciles, pero siempre miraba allá: el final de la calle. Pasé por pozos, charcos, a veces tenía que frenar porque los autos pasaban muy fuerte. De repente a mi cabeza vino comparar eso, lo que había vivido en la caminata, con mi enfermedad y entendí que desde el día que me diagnosticaron pasé por muchos lugares, sentí muchas cosas, pero así como veía el final de la calle, con mi enfermedad tenía una meta, que era curarme. Y que así también como en la caminata iba a haber pozos/bajones, charcos/llanto, caminos intransitables/días difíciles, pero si mi cabeza sólo me ponía ese final de la calle/mi objetivo de curarme iba a tomar esto como un proceso a caminar y si me fijaba en la meta, lo demás iba a ser todo camino.

Hoy estoy esperando fecha de operación para luego hacer rayos. Esperanzada en decirle: ¡hasta nunca triple negativo!