A todas nos puede pasar

María Fernanda Lisa

Lanús Oeste, Pcia. de Buenos Aires

Hola soy María Fernanda, tengo casi 38 años y esta es mi historia.

Era abril de 2015, venía de un año muy difícil, mi mamá con cáncer de mama y mi hijo de 3 años y medio con un accidente en el brazo que lo llevó a cirugía de urgencia, clavos y dos meses de yeso. Pero al fin había llegado el día en que mi viaje se acercaba: me iba a conocer Cuba. Cansada, angustiada, enojada y con un estrés de no parar, el caribe y la playa me esperaban. Pero cada día que pasaba me sentía peor, casi sin comer, solo quería dormir todo el tiempo. Me dolían los pies sin poder apoyarlos, casi no podía caminar, y  tenía un hijo de 4 años que me solicitaba juegos, desgaste y yo que no podía con mi alma.

Llegamos a Buenos Aires, los resultados de mis chequeos estaban listos, los fui a retirar con la decisión de buscar mi segundo hijo, ya tomaba el ácido fólico, pero el informe de la mamo no tenía buena pinta. Venía de haber hecho un curso acelerado de terminología con mi mamá, por eso sabía que no estaba bien, y así fue. Fui a mi ginecóloga, lo vio, me revisó y me dijo "vamos a ir por partes, empezando por no embarazarte y haciendo una punción". Todo mi mundo se desmoronó, sabía que me esperaba un camino difícil. Punción: carcinona in situ mama izquierda. Cirugía: cuadrante de mama izquierda, tumor maligno y dos ganglios afuera, pero uno de ellos había sido afectado por una micrometástasis, por lo que mi mastólogo consideró que lo mejor era hacer la quimio, rayos y tamoxifeno para prevenir. Y así lo hice, 16 aplicaciones, 4 cada 21 días y 12 una por semana. Una cree que nunca llega ese día final, el deterioro físico, las preguntas sin respuestas, los sueños destruidos y un nene de 4 años al que hay que decirle una verdad sin lastimarlo. Palabras simples "mamá se enfermó y toma un remedio para curarse que hace que se le caiga el pelo". Su pequeña mano me ayudaba a caminar los días que no podía hacerlo, a subir una escalera, a ponerle la ropa y secaba mis lágrimas cuando nos fundíamos en el abrazo más hermoso y amoroso. "Mamá vas a estar bien", me decía cada día. Él y mi esposo son mis sostenes, mis motores para seguir. ¿Me dolió verme pelada? No. Me miraba al espejo y sólo me dolía en el alma la cicatriz de guerra en mi teta izquierda. No podía tocarla. Verme sin pelo era el signo más evidente de mi lucha de cada día, de cada aplicación. El pelo crece, pero el pellejo no, así que es mi cicatriz de guerra. 

Pero aquí sigo sana, cambiando todos los días las cosas me hacen mal, eligiendo una nueva forma de vida. Un pañuelo en la cabeza me hacía sentir orgullosa de mi lucha, no avergonzada. Siempre sentí que nada tenía que esconder, porque hoy el cáncer nos afecta cada vez a más mujeres. ¿Fue difícil? Sí. ¿Duele? Sí. Pero si uno lo acepta, con enojo, angustia, llanto y, por momentos, con una sonrisa, podemos hacer frente a esta lucha que se hace eterna y difícil.

Cada día de nuestras vidas es el día y el mes de la lucha contra el cáncer de mama.