Después de la ráfaga

Laura Alicia Weinberg

Bariloche, Pcia. de Río Negro

Después de la ráfaga, después del estallido que la parte en mil pedazos, ella junta, desde ese íntimo núcleo en carne viva que le queda, todos los añicos y se los va acomodando alrededor, pegándolos como puede, armando un diseño parecido a lo que recuerda que era, para que parezca que está armada, entera.

Algunos distraídos ni siquiera ven las juntas, se tragan el verso, la ven fría, no sospechan las grietas que denotan el desastre.

Ella anda así, con ese armazón reconstruido, provisorio, protector, como un miriñaque que la separa  del contacto y la mantiene derechita, porque hay que seguir, porque no va a dejar a su hija sin madre, y avanza por la vida, durita y disimulando.

Cada tanto, un contacto, una de esas pequeñas cosas que la acechan detrás de la puerta, desequilibra el entramado, y  pierde, en la sacudida, un pedacito de esos que juntó y armó tan de prisa, tan sin pensar.

Por suerte, por debajo de ese exoesqueleto, muy adentro, desde un núcleo ínfimo, llameante, desde esa grieta abismal, se va construyendo una piel naciente, más sensible, dolorida, cansada pero victoriosa.

Una piel que empieza a asomar, con leves chispazos, por los agujeros que dejan los pedazos perdidos, como destellos que de pronto iluminan esa vida nueva. Pequeñas llamitas que van quemando los antiguos restos de alrededor, hasta que con el tiempo ya casi no quedan añicos y  aparece, arrastrándose como una víbora que deja atrás la piel vieja, vieja adentro, nueva afuera, todavía viva.