Rosas amarillas

María Graciela López

Villa Sarmiento, Pcia. de Buenos Aires

Cuando era joven, de recién casada, vivía en un departamento de dos ambientes en un primer piso. Era interno, tenía una ventana en el living con balcón francés, pero el edificio era muy alto, así que casi no entraba luz natural en todo el día. Me acuerdo que a eso de media mañana un rayito de sol lograba colarse desde la terraza, entre las antenas de televisión, e iluminaba una parte de la cocina. Era un pedacito ínfimo, una franja de no más de 15 cm, pero yo adoraba ese lugar de la casa en ese momento. Era como cuando se entreabre una puerta en una habitación oscura y se ven sólo algunas cosas, el sol alumbraba parte de la pava que estaba sobre la hornalla y las flores naranjas de los azulejos se encendían. Pero sólo era un instante y un rinconcito. Esa siempre fue mi excusa para no tener plantas: no tenía luz, todo se moría.

Después de unos años empezaron a llegar los hijos y nos mudamos a una casa con patio. Era la oportunidad, tenía un cantero grande en el que plantaba gladiolos, lirios, begonias, pero duraban una temporada, a lo sumo. A veces ni florecían, a veces se secaban a los pocos días y las hojas quedaban duras y marrones como papel madera. Y pensé que quizás era yo, que en realidad no era la oscuridad del departamento anterior. Yo “no tenía mano” para las plantas, como se suele decir. 

Y mucho después de todo eso llegó el cáncer de mama. Angustia ante el diagnóstico, ante el pronóstico y ante el tratamiento que había que llevar adelante. Miedo a la operación y miedo a la muerte. Fue como vivir en el departamento oscuro de nuevo pero peor, porque no entraba el sol a media mañana.

Mis hijos ya eran grandes, pero igual me aterraba la idea de dejarlos solos, de no estar más para ellos, de no poder acompañarlos en los logros de su vida, de no conocer a mis nietos. Me deprimí mucho. Iba al médico, hacía el tratamiento al pie de la letra, pero estaba triste todo el tiempo. Empecé terapia y la psicóloga me sugirió que hiciera un curso, un hobby, algo en lo que pudiera concentrarme para no estar todo el día con el foco en la enfermedad que, sin que nos demos cuenta, penetra en todos los espacios de nuestra vida.

No sé por qué, pero en lo primero que pensé fue en plantas. Quería tener frutas, flores, cultivarlas, verlas crecer. Quizás porque no hay nada que sintetice mejor la vida que un brote, que un pimpollo, y me aferré a eso. Yo, que nunca había logrado mantener en pie ni un cactus, compré cuadernillos de jardinería, palita, guantes, fertilizantes, mandé a agrandar el cantero y empecé a plantar tomates, hierbas aromáticas, lechuga. Después compré macetones y los llené de rosales, malvones, azaleas. Cuando estuve internada mi marido cortaba rosas amarillas y me las traía a la clínica. Cuando me despertaba las veía sobre la mesita, como un rayito de sol que se filtraba en la oscuridad y que me prometía que algún día iba a mudarme a un lugar luminoso.