Misterios luminosos

Carla Fontella

San Miguel, Pcia. de Buenos Aires

Cuando a mi mamá le diagnosticaron cáncer de mama me propuse acompañarla en todo lo que tuviera que atravesar durante el tratamiento. Sabía que el camino era largo y no quería dejarla sola. Tengo una hermana que vive en Puerto Madryn y aunque vino cuando mi mamá estuvo internada, no podía estar en el día a día. 

Cuando fui con mi mamá a la primera consulta con su oncóloga y nos dio un panorama de cómo iba a ser el tratamiento y cuánto podía durar todo ese proceso, le dije que iba a estar siempre con ella, que íbamos a planear cosas para los días de quimio, cuando no se sintiera bien. Podíamos ver películas o leer alguna novela de esas de historia romántica que a ella le gustan. Pero los días pasaron, el tratamiento empezó y las cosas no fueron tan idílicas como las imaginé. Cuando mi mamá se sentía mal no tenía ganas ni de mirar televisión ni de escuchar la radio ni de recibir visitas. 

Mi mamá siempre fue muy devota. Yo, en cambio, si bien siempre creí en Dios nunca fui practicante y cuando me enteré de que mi mamá tenía cáncer fue peor. Me sentía tan lejos de Dios. 

Sin embargo, todos los días cuando iba a su casa, mi mamá lo único que quería era rezar el Rosario. Al principio se me hacía muy tedioso, me parecía una penitencia que te daba el cura cuando te ibas a confesar. Pero a mi mamá la relajaba, la calmaba, se olvidaba en ese momento de su dolor y se abstraía de todo. 

Yo, obviamente, rezaba con ella sin chistar, lo tomaba como parte de mi acompañamiento terapéutico. Ella recitaba la primera parte del Padrenuestro, del Ave María y del Gloria y yo los remates. Pero con el tiempo, había días en que ella estaba muy cansada, así que yo tenía que rezar sola y ella apenas movía los labios, como si estuviera tarareando bajito una canción. Me tenía que soplar los misterios correspondientes a cada día de la semana, porque no me los sabía. Así que empecé a averiguar, compré un librito en una santería y busqué en internet.

Entre todo lo que encontré, leí que hay quienes dicen que el rosario es como un mantra de meditación. Si bien esto no es algo que sostenga la iglesia, me pareció que tenía sentido. Dicen que repetir siempre las mismas palabras, con una misma entonación y ritmo ayuda a meditar, como se hace en yoga, por ejemplo. Y que apretar las bolitas con las yemas de los dedos toca ciertos puntos nerviosos como la digitopuntura y activa la circulación. Así que aprendí todos los misterios: los gozosos, dolorosos, luminosos y gloriosos. Compré rosarios bendecidos, rosarios de madera, de pétalos de rosa, de nácar; como suvenires de cada iglesia a la que fuimos a pedir para que mejorara. 

Después de un largo camino de más de dos años, hoy mi mamá está bien. Se siente mejor, cocina, sale a caminar y viajó a visitar a mi hermana y a sus nietos. Pero cuando nos vemos seguimos rezando el rosario juntas. No sé si como terapia o quizás como una cábala secreta que ninguna se atreve a cortar.