Rayos y centellas

Cecilia Koppmann

Ciudad de Buenos Aires

Tengo paciencia para muchas cosas, pero las salas de espera me superan. Desde siempre. Mi límite son 20 minutos, pasados los cuales se apodera de mí un estado de ánimo que describo así: me enojo, me pongo de mal humor, me indigno, me salgo de quicio, me saltan los fusibles, me pongo del cráneo, se me vuela la peluca, me salta la cadena y todas las expresiones que quieran aportar. No soporto que se disponga de mi tiempo sin consensuar.

Cuando empecé el tratamiento de radioterapia por cáncer de mama, me indicaron que iba a tener que concurrir de lunes a viernes hasta completar 37 sesiones. Lo primero que pensé fue: “¡Cuánto tiempo!”, y encima me advirtieron que las esperas podían ser interminables. Justo para mí.

Sabiendo esto y, después de mucho berrear por toda la situación, no sólo por la espera, obviamente, decidí convertir esa amansadora en una experiencia creativa.

Armé mi equipo de espera con unos cuantos cuadrados de distintas telas, algunos círculos, botones, mostacillas, cuentas e hilos de bordar. Hasta acá, no hay nada novedoso. ¿Qué fue lo distinto? Me puse una consigna: bordar un bloque por día que iba a empezar cuando llegara al centro médico e iba a dar por terminado cuando dijeran: "Sra. Koppmann, puede pasar". Tenía que comenzar por un centro y bordar alrededor del mismo hasta ser llamada. Debía numerar los bloques y publicarlos en mi blog a la mañana siguiente. Y así lo hice. 

Me dije: "Que el destino decida cuánto bordado llevará cada uno de acuerdo a la demora". Si la espera era larga, el bloque quedaba “muy” bordado. Si era corta, quizás me quedaba a mitad de camino o sólo llegaba a numerarlo. Pero, quedara como quedara, tenía que aguantar la tentación de completarlo al llegar a casa y dejarlo así.

Según las leyes de Murphy hay que preparar un proyecto para no tener que esperar en las salas esperas... y se cumplió.

La experiencia "Rayos y Centellas" logró cosas emocionantes e impredecibles:

  • que me diera bronca una espera corta, al punto de dejar pasar a dos mujeres para ganar tiempo para bordar
  • que fuera con ganas a hacerme las aplicaciones de rayos
  • que usara rosa
  • que todo pasara rapidísimo
  • que usara los botones de la fábrica de camisas de mi abuelo
  • que usara el broche de nácar que me trajo mi amiga Nora de Belén en 1979
  • y,  sobre todo, que recibiera apoyo moral de un montón de mujeres, amigas, alumnas, conocidas y desconocidas

El fin del capítulo tenía que cerrarse con el quilt. Durante el recorrido pasaron cosas fuera de programa que me impidieron bordar: un día me olvidé la tela, otro me suspendieron por el estado de la piel, hubo un feriado y una vez se descompuso el aparato. Eso alargó todo 3 días más y mis bloques llegaron a  40. Un perfecto 5 x 8: de lunes a viernes durante ocho semanas.

No sé si el quilt es bello o no. Mucho no importa. Me gusta porque cuenta la historia de cómo fue atravesar ese proceso y porque logró sacar el foco de la enfermedad y ponerlo en algo más creativo. Ojalá la idea le sirva a alguien más.