De monstruo a maestro

Lorena Ferrer

Bragado, Pcia. de Buenos Aires

Hace 6 años recibí la noticia menos esperada: tenía cáncer de mama. Con 36 años no podía creer estar recibiendo ese diagnóstico. Esta noticia desespera desalienta, nos roba las esperanzas, nos muestra vulnerables. Sin embargo, al pasar los días los miedos empezaron a desaparecer. Este monstruo que al principio me aterraba, venía a enseñarme algo, el cáncer terminó siendo mi mejor maestro. Me entregué a los médicos, pero también debía sanar mis emociones para no darle otra oportunidad a este bicho. Fue un trabajo en conjunto: cirugías, quimioterapia, rayos, pastillas por una parte y, por la otra, ponerle vida a mis días.

El cáncer me dio la oportunidad de ser positiva, de hacer algo por mí, de cambiar mis pensamientos, mis hábitos, de dejar mi vida zombi y empezar a disfrutar cada momento, compartir con mi familia, mi hijo y amigas. Después de 12 años de comerciante y dedicarme al diseño, vendí mi negocio y comencé a diseñar el resto de mi vida. Me mostré pelada y demacrada, pero siempre con una sonrisa inmensa. Me dediqué a leer mucho y terminé escribiendo mi propio libro. Hija, nieta y hermana de pilotos, nunca me había animado a conducir. Por lo tanto, gasté parte de mi dinero en un auto para mí, ¡y me animé!

Así aprendí a vivir sin miedos, a animarme a hacer realmente lo que me gustaba, a disfrutar las pequeñas cosas que tantas veces pasaron inadvertidas y encontré el camino a seguir desde el corazón. 

Un día, volviendo de la radioterapia (viajaba más de 190 km por día para hacer mis aplicaciones), escuché algo en la radio que me abrió a nuevas experiencias: alguien juntaba frazadas para las personas que dormían en la calle. Eso fue el motivo que impulsó mis cruzadas solidarias. Empecé a juntar ropa abrigada para repartir a los niños más necesitados de mi ciudad, juguetes y golosinas para el día del niño. Hace 3 años que realizamos con mi hijo huevos de Pascua y los repartimos a diferentes instituciones. ¡Este año hicimos 650 huevos! Contagiar solidaridad me llena de felicidad. 

Hace dos años formamos un grupo de autoayuda a pacientes oncológicos y sus familias. Y así comencé a entender que había una vida por descubrir, que podía transformarme en lo que quería ser; que no importa lo que pase en tu vida, sino la actitud que tomas frente a eso. Aprendí a ser resiliente, a que no hay que perder oportunidades y que cada día es una nueva oportunidad.  ¡Que la vida no vale la pena, sino que vale la alegría!