Los peinados de mi abuela

Leticia Rivas

Ciudad de Buenos Aires

Mi historia con el cáncer de mama tiene que ver con mi abuela. 

Ella tuvo cáncer cuando yo era muy chica, me acuerdo de ir a su casa y ver que en un cuarto que se usaba para uso común, había pelucas. Entonces le preguntaba a mi mamá "¿Por qué la abuela tiene tantas pelucas?" "¡Porque le gusta usar pelucas!", me decía ella. Y a mi me parecía fantástico, poder cambiarse de pelo como una quisiera. La abuela, entonces, era un poco como yo, que de chica me disfrazaba de Jem, mi dibujo preferido de la infancia. Era genial tener una abuela distinta, que todos los días tenía un peinado diferente. Siempre con el mismo rubio ceniza que a ella le gustaba tanto, pero de pronto, un día con corte carré, otro día, hasta los hombros con las puntas bien ondeadas a lo Brigitte Bardot, otro día un rodete. Mi abuela me llevaba a la plaza, o a tomar un chocolate a una confitería y ella siempre tan elegante, con su pelo brilloso y los anteojos de sol bien grandes. Las noches que me quedaba en su casa, cuando todos dormían, iba a ese cuarto y veía a las pelucas. Eran tres o cuatro, cada una sobre un suerte de busto de peluquería. Me daba miedo ver esas pelucas ahí, en la oscuridad, sobre esas cabezas sin cara pero también me fascinaban. Agarraba una, me la ponía, bailaba frente al espejo sola, iluminada por una luz muy tenue. A la mañana, mi abuela y yo desayunábamos y aunque yo creía que no había dejado rastros, capaz alguna peluca había quedado despeinada sobre el busto. Mi abuela, con un pañuelo en la cabeza (jamás la vi pelada) haciéndose la distraída decía al aire: "Qué raro. ¿habrá quedado una ventana abierta a la noche? Sofía apareció toda revuelta esta mañana". Mi abuela le inventaba nombres a sus pelucas, pero era más como un juego que ella tenía conmigo. 

Mi abuela falleció años más tarde. Mucho tiempo después supe que había sido un cáncer de mama, cuando pude entender en qué consistía la enfermedad. Pero si cierro los ojos, me acuerdo de ella en la plaza, siempre impecable, esperándome sentada en un banco mientras yo me hamacaba.