¿Cómo llegué a que me nefregue estar en tetas? (o mi relación con mis tetas)

Autora: Laura Alicia Weinberg Ilustradora: Vero Gatti

A los trece o catorce años era muy pudorosa (bah, lo sigo siendo, pero entonces lo era más aún).

Empecé a usar corpiño porque todas usaban, no porque tuviera con qué rellenarlo. La taza se aplastaba cuando me ponía la remera. Pero sin corpiño se notaban esas puntitas y yo me moría de vergüenza.

Mi vieja me compró una bikini amarilla  preciosa, con la bombacha tipo short de vaquero, con cinturón y bolsillitos, pero con un gran problema: el corpiño era de gomaespuma. Cuando me acostaba a tomar sol, si me ponía panza arriba se me escapaban las tetas por las axilas. Si me ponía boca abajo, cuando me levantaba, el corpiño quedaba todo aplastado y había que rearmarlo delante de todos. Horror de papelón. Entonces me ponía mi poncho/salida de baño (que me había hecho mi mamá con tela de toalla) y debajo del  poncho me acomodaba el corpiño.

En esa época no me animaba a pronunciar la palabra “teta”. Era peor que decir una mala palabra. Ya se me paralizaba la lengua de sólo intentar pronunciar la “T”, y si lograba articular la palabra, era en voz tan baja que no se oía. Yo, finamente decía “el pecho”.

Mis compañeras de colegio me cargaban y me decían: “Laura se toma todo a teta”, y yo me reía también, pero era verdad.

Los escotes: con las tetas separadas que tengo, una para cada lado, imposible lucir esos escotes seductores de abismo profundo entre dos redondeces. En mi caso, se trata de una pista multitrocha, más ancha que la de Neuquén, desde el cuello hasta el ombligo. 

No obstante, usar escotes pronunciados siempre me dio vergüenza. Si por casualidad me ponía una remera o una camisa por cuyo escote pudiera asomar un cm2 de teta, ya me parecía una audacia y me cruzaba de brazos todo el tiempo que durara esa exposición de… ¿de qué, si no había nada para ver?

Tomar sol boca arriba: mi pecho igual a una pista de autitos, apoyo ideal para un tablero de ajedrez. Y debajo de las axilas, deslizándose hacia el suelo, lo poco que había. “Busto axilar” lo llamé.

Casi cuarenta años de brazos cruzados, desbloqueando lentamente la lengua para poder decir TETA.

¿Y ahora? Todos los días ando en tetas delante de hombres distintos, que no sólo las miran detenidamente, sino que las palpan, las cortan, las cosen, las miden, las tatúan, las pinchan, escanean, acomodan, aprietan entre vidrios, las irradian, las analizan…

Todos

Están

Tocando

A

La verdad  de la milanesa es la siguiente: estoy pasando por todo este proceso como preparación para irme el año que viene a veranear sin vergüenza a una playa topless.

Los tajos y las cicatrices son lo de menos. En realidad, son adornos para marcar un poco la diferencia. Si no hay tela, por lo menos que haya algo interesante para mirar.